Abuelito Manuel 👴🤍
Miércoles 15 de Marzo del 2023
Querido abuelo Manuel,
Tengo tanto que contarte, ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la
última vez que nos vimos? Ya casi no te recuerdo. Todos me hablan de ti. La
última vez que te soñé, estabas en la orilla de una pequeña laguna. Yo
regresaba de haber caminado un largo recorrido de un desierto. Ver tu sonrisa
me trajo mucha paz. Te acercaste a mí, me dijiste que todo estaría bien y que
siempre iba a poder con todo lo que me propusiera. Me abrazaste. Gracias abuelo
por aparecer en mi sueño. Eso fue tan importante para mí. Lo hiciste en el
momento más oportuno. Te amo.
¿Puedo escribir sobre ti? Sólo tenía dos años cuando partiste. Recuerdo que te gustaban las mecedoras y pasabas sentado allí mucho tiempo. Recuerdo tus converse blancos y medias largas. Y la verdad… Ya no recuerdo más. He pedido a mis primos mayores que lo hagan por mí, que relaten lo maravilloso y auténtico que eras. Que me cuenten cada detalle y todas tus historias. Porque quiero conocerte más a pesar de que ya no estás.
Juanito.
El dolor
nunca se va, se modifica.
“Como cualquier persona, no era perfecto. Tenía un
carácter fuerte. Yo creo que una de las razones por la que pudo haber sido así
de ordenado y disciplinado es porque a él le tocó ser un hombre pronto y
encargarse de su familia siendo tan sólo un niño.
¡No le gustaba que le trajeran el jugo a la mesa hasta
que terminara de comer! Mi abuelo
siempre quería darnos de comer lo que nosotros queríamos. Hacía que nos prepararan
papas fritas y huevos fritos. Cuando ya te servían esas cosas en tu plato, él
estaba a tu lado y te ponía salsa china encima (salsa de soja).
Siempre de blanco, siempre impoluto. Incluso en su habitación
la cual amaba, donde él siempre te hacía reír, te contaba una historia, te
prestaba sus lupas, binoculares, enciclopedias. Yo pasaba todo el tiempo hojeándolas
mientras él escribía (Asumo que sus poemas.)
Él me regaló mis primeras monedas, monedas que aún
conservó. Por él empecé a coleccionarlas.
Nos llevaba a caminar, te agarraba fuerte de la mano al
cruzar la calle. Nos compraba bolos de rompope y pan de dulce en la ciudadela Galo
Paz (Creo que ese era el apellido de aquel lugar.) Mi abuelo era el enfermero
de todos. Tenía agua oxigenada, alcohol, merthiolate (Se usaba en ese entonces),
rifocina, curitas y esparadrapos. Llevaba consigo sus caramelos chinos, caramelos
en forma de boya que eran de muchos colores, aceitunas, pasas y ciruelas pasas.
¡Desde ahí me encantan! Siempre sonriente en su mecedora. Su risa parecida a la
de mi tío Rómulo, por cierto.
Luego del fallecimiento de mi papá, me llevó una vez a
pasear durante mis vacaciones a Guayaquil. Viaje que recuerdo con mucho cariño. Hicimos
varios cambios de buses. Le pidió al chofer si podíamos ir con él, y así;
íbamos mirando el paisaje desde la cabina. Bajábamos en los pueblos donde había
parques para jugar. Luego tomábamos otro bus para continuar nuestro viaje.
Le encantaba ver fotos, y a mí, verlas con él. Por eso
siempre amé los álbumes de fotografías viejos que había en el departamento del
centro de Guayaquil.
Me dolió mucho cuando partió. No pude estar en su velorio
o en el cementerio y eso es algo que hasta el día de hoy me entristece. Fui a
visitarlo a él y a mi papá en noviembre pasado luego de 10 años o más. Me trajo
paz. El dolor nunca se va, se modifica. Lo aprendes a sobrellevar y aprendes a
vivir sin ese ser querido. No importa el tiempo que haya pasado, llega un día cualquiera
y te das cuenta lo mucho que te hace falta. Por eso debemos siempre valorar a
nuestros seres queridos estén o no estén. A veces no te das cuentas lo
importantes que son hasta que te escuchas hablar o lees lo que tú mismo escribes
sobre ellos.”
Cynthia.
¡Brinquen, salten, corran!
“A mi abuelo le gustaba que nos divirtiéramos. Organizaba las matines infantiles. Nos traía al payaso del circo. Su casa con sus columpios y aro de baloncesto ¡Hacía todo pensando en los niños! Nos llevaba a la playa cuando el sol caía y el cielo se pintaba de colores, tipo seis de la tarde. El agua era calientita a esa hora. Nos llevaba al parque que quedaba en una lomita. Siempre nos decía -- ¡Brinquen, salten, corran, pero no se queden aquí pegados junto a mí! – Amaba a mi abuelo. Compró mis primeras pinturas. Me enseñó a dibujar y pegaba mis trabajos en las paredes. Fue el primero que creyó en mí.”
Arianna.
"Una pena su pronta partida. Tenía un carácter fuerte, pero al mismo tiempo era muy paciente. ¡Sabía actuar ante nuestros berrinches! Nos prestaba atención únicamente al momento de estar calmados. Me enseñó que no puedes obtener la atención de una persona con una simple rabieta. Debes expresar tus emociones a los demás en el momento en el que exista paz en ti. Actualmente, aplico lo mismo con mis hijos.
¡Mi abuelo era el alma de las fiestas! Nunca se complicó en llevar a tantos nietos a la playa o a la piscina ¿Cómo lo hacía? Pues, era un don. Y lo tenía con nosotros. ¡Yo con dos hijos me mareo!
El mejor abuelo.
Su velorio, una mezcla de tristeza y risas entre las personas. Confuso para mi edad.
En fin, se fue demasiado pronto."
Mariana.
“Cuando mi abuelo nos llevaba a la piscina no llevaba
toalla para secarnos ¡Teníamos que correr alrededor de la misma! Nos enseñó a comer caramelos agridulces y
hacer el postre más rápido del mundo; aguacate machacado con azúcar. Los
desayunos nunca eran sencillos; huevos fritos, carnes, salsa de tomate, salsa
china con patacones o pan... ¡Todo riquísimo!
Mi abuelo siempre me enseñó a ver las virtudes de las
personas a través de sus poemas.
Cuando partió, aprendí el significado de la muerte. Ese
día, yo estaba en la sala y besaba sus manos, recuerdo que estaban frías y
duras. No entendía por qué mi abuelito no se levantaba. Le tocaba su rostro y
estaba frío también.
Cuando llegó la hora de ir al cementerio, entendí lo que
significaba morir; no ver a esa persona otra vez. Su recuerdo siempre vive conmigo.”
María del Carmen.
Me enseñó a atar los cordones una vez más.
“El abuelito Manuel siempre vestía de blanco, no recuerdo
haberlo visto de otro color. Las medias hasta los tobillos y sus tenis. Lentes
con un diseño peculiar y siempre sonriente. Solía llevar consigo caramelos que venían en
una lata de colores. Caramelos duros que nunca me gustaron. ¿Recuerdan el armario que estaba entre el
cuarto de la tía Ani y la abuelita? ¡Era un misterio! Cada vez que el abuelito
subía a ver los caramelos yo iba también. Allí los guardaba. Me enseñó cómo debía atar mis cordones. Cuando
lo interrumpía al hablar él decía - ¡Déjeme hablar! -.
Cuando le contabas algo te escuchaba atentamente ¡Como si
tu historia fuera la más increíble del mundo! Los juegos en el patio, su risa singular, los
viajes a Milagro con él y mi papá donde montábamos a caballo... (fotografía) ¡Qué recuerdos que no volverán!
Cuando partió yo tenía 5 años. Lo veía desde la ventana. Fue
la primera vez que entendí el concepto de una pérdida. Recuerdo ese día como si
fuera ayer.
Posterior a su fallecimiento, sólo soñé una vez con él. Se encontraba con su vestimenta habitual sentado en un trono dorado ¡Era resplandeciente! Yo estaba sentada en el piso y le decía -Abuelito, no recuerdo amarrar mis zapatos. - él se inclinó para ayudarme, me enseñó a atar los cordones una vez más. Una última vez. Cuando desperté, nunca más olvidé hacerlo.”
Natasha.
¡Qué cosa tan bella!
“Yo recuerdo mucho a mi tío Manuel, mami Luz y a mi tía Santa.
Desde muy pequeña hasta los diecisiete, mi mamá me mandaba al Ecuador cada año consecutivo durante los tres meses de verano.
Cada vez que iba, me quedaba en Guayaquil durante dos semanas y el resto del tiempo viajaba a Bahía. Pasaba más tiempo en casa de mi tío Manuel, con mami luz y tía Elena que en casa de mi hermana Madge ¡No había día en el que no comíamos juntos el desayuno y almuerzo en la mesa principal!
Todas las tardes, mi tío nos llevaba a caminar en la playa, acompañados de mami Luz. En aquella época, mis primos contemporáneos estaban en el colegio, entenderás que... ¡Tuve que pasar la mayor parte del tiempo con los adultos! La mayoría de mi juventud fue en el Ecuador. Me apena mencionar, que dejé de regresar por un largo tiempo una vez que ingresé a la universidad en NY. En ese entonces, mi vida allí era complicada. Los tiempos que pasé con ellos fueron muy especiales ¡Mi corazón está lleno del amor que me dieron!
Estuve en Bahía cuando falleció mami luz, fui la última persona en hablar con ella aquella noche. Nunca olvidaré cómo sufrió mi Tío Manuel...
¿Mami Luz? ¡Ella era una mujer de negocios! Hay tantas historias que te puedo contar sobre ella. Espero algún día hacerlo. Ellos siempre lucharon para darle a la familia las oportunidades que ellos no tuvieron ¿Puedes creer eso? ¡Qué cosa tan bella!
Siempre rezo por ellos. Tengo la certeza de que los tres hermanos están juntos ¡En el cielo! ¡Mirando a cada uno de nosotros! Y…Con mucho amor.
Estoy tan alegre de hablar
contigo prima.”
Relato de mi madre. Un poco sobre la infancia de mi abuelito.
“Mi abuelo Juan Chang Camp, era de Cantón, China. Fue
comerciante. Alto, grueso y tez blanca. Formó una familia con mi abuela América que
era de Chone. Vivieron primero en Cojimíes. Mi papá nació allá. En esa época, llovía
en invierno y no se podía salir de ahí, sólo por mar o a caballo. Para recibir
atención médica debían ir a Bahía de Caráquez. De todos los hijos que tuvo mi
abuelita, sólo sobrevivieron tres:
Mi tía Luz, mi
papá y la tía Santa.
Poco tiempo después, mi abuelo tuvo problemas con deudas
como consecuencia de los juegos de casino. Huyó a Tumaco, Colombia. ¡Mi abuela
se quedó sola con sus hijos! Mi papá de aproximadamente doce o trece años tuvo
que trabajar muy duro y junto a mi tía Luz, mantener el hogar.

Ilustración 2 Mi abuelito en su niñez una tarde de domingo después de misa en Bahía de Caráquez.
Se habían quedado sin nada. Empezaron a importar
y vender electrodomésticos y otras cosas más para el diario vivir. Con el pasar de los años, gracias a la tenacidad, esfuerzo,
sacrificio y sobre todo; simpatía, lograron el cariño y confianza de las
personas de la ciudad ¡Mi padre siempre tan trabajador! ¡Ser un buen vendedor y
negociante era una de sus virtudes más grandes!
Su negocio fue creciendo hasta convertirse en un próspero
almacén donde había de todo ¡Se hizo muy conocido en Bahía!
Algo que admiro de él es que a pesar de todo, nunca lamentó la actitud de su padre. Lo honró hasta el final sin anclarse en el pasado ¡Veía el futuro con mucha esperanza! Nos enseñó el valor del esfuerzo y la constancia. Fue noble, de servicio a los demás y que amó incondicionalmente. No contento con eso, también quería que nos divirtiésemos y disfrutáramos de la vida a toda costa.
Cuando regresé a Bahía después de su muerte, sentí un vacío enorme en mi corazón.
Ya no estaba mi padre, el que me aconsejaba, mi mejor amigo. Cuánto extraño a mi padre.”
Relatos de amigos.
Pabeto.
"Don Manuel Chang,
¡Lo recuerdo con tanto cariño! Si el supiera que la razón por la que en mi casa tengo una mesa de ping- pong ¡Es gracias a él! Y que las fiestas y reuniones que hacen mis hijos, fue porque seguí su ejemplo. Es una forma de tener a sus hijos y sus amigos abrazados en el entorno de su casa.
¡Gracias por tanto Don Manuel!
Mis mejores recuerdos y memorias de la adolescencia fueron en las que iba a jugar a su casa, a bailar en las grandes fiestas de los Chang que por cierto... ¡Eran las mejores! Don Manuel, usted fue un padre adelantado a la época ¡Nos enseñó mucho! Una vez más... ¡Gracias Don Manuel!
Abuelito, eres admirable. ¿Alguna vez alguien te lo dijo?
Tu nieta que te ama,
Sofía












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